jueves, 1 de enero de 2009

¿Recuerdas...?


¿Recuerdas?, fue la noche que corrimos tan rápido que perdimos al cruzar la esquina nuestra sombra aquella vez que los sueños desfilaron sobre el filo de las pesadillas. El día que con las sombras se perdieron las ricas "nochecitas" de soñar en el metro entre estación y estación antes de la llega al trabajo, y las horas de soñar interminablemente entre piso y piso en el elevador justo al llegar a casa. ¡Recuerdas?, fue el día que se nos dio la manía de no cerrar ni tantito los ojos por miedo a cerrarlos de por vida... -¡ay mi vida!-.

A partir de esa noche ya jamás vimos nuestra sombra de nuevo. Ni en las tardes de verano ni en las noches familiares, ¡vamos!, ni siquiera atrás de la lamparita de la recamara. Fue el encabronado fin de las tardes de de crear “papirolas” con las manos reflejadas sobre la pared.

Después de ese día ya jamás se reflejo nuestra silueta en el fondo de la luz,

–¡anda, dime que lo recuerdas!-,
-¿o tú si la volviste a ver?-

Yo la extraño. Extraño a mi sombra, era parte de mí aunque sé que no me hace falta, pero la extraño ¿y tú, la extrañas?, ¿a ti te ha hecho falta alguna vez?, ¿no te sientes solo sin ella? -era parte de ti, era parte de mi-, ¿o era solo un desvarió?

¡Pero dime!, ¡dime qué vimos!...

Era tarde lo sé, casi media noche, pero también recuerdo que ese mismo día habíamos comulgado, digo, no se vale, estábamos en orden con las cosas del cielo, con nuestra alma y con la señora de la tienda de la esquina a la que fuimos a pagarle los destrozos de la otra tarde en la que por un error de cálculo le rompimos la vitrina.

Digo, no se vale, todo estaba pagado, todo en orden.

¿Tú te acuerdas?, la luz era pálida, azulada, no había luna y el frio no sentía ni respeto por las almas que, según dicen, vagaban buscando compañía o de algo cálido, por lo menos de un cuerpo ajeno al cual hacerle sentir calosfríos, o la muerte chiquita como le llamaba la abuela.

Yo no recuerdo que pasó el día que perdimos la sombra. Sólo recuerdo que no era miedo lo que sentimos, sé que era el miedo al que vimos, así, frio, descarnado, oscuro, seco, con sus lagrima petrificadas como escurriéndole en la cara, con sus manos descarnadas, con su aliento nauseabundo y esa sonrisa que al tiempo que erizaba los pelos de la nuca helaba la jodida sangre.
Era el miedo en persona, así de frente, imponente, ojete, con sus ojos opacos pero fijos. ¡Sí!, era el miedo ahí de frente ¡lo sé, era el miedo!... ¿O tú dime, que más pudo hacernos correr tan rápido como promesa de amor eterno?

Tú dime cabrón, tú tienes buena memoria, dime que recuerdas. Yo aquí amarrado de los brazos con esta camisa de mangas largas y las 24 horas no puedo expresarme -¡no me creen!- , tú sabes que necesito de mis manos para hablar, de lo contrarío se pierde el sentido, anda, ¡dime!, diles lo que recuerdas, ¡diles a ellos!, hazlos que me crean... no me dejes aquí, ¡diles!... por favor, diles...¿qué no ves que tengo mucho miedo?… Due® 1ene09

2 comentarios:

Lázaro Suárez © dijo...

sabes qué? me gusta tu prosa. es... distinta. muy distinta. tiene el aire que tiene tu poesía. es una prosa madura, producto del hombre que eres, pero al mismo tiempo... le das una nota infantil y tierna. una nota muy personal, como si fuera esa nota que no te atrevieras a mostrar en tu día a día, que la enseñas aquí. sin duda es una prosa muy bonita por lo tanto.

las sombras... las sombras... ojalá pudiera yo perder la mía de vez en cuando. en tu escrito simboliza todo lo que somos y lo que fuimos, lo que perdimos y las ganas de ganar. eso creo yo.

repito: me gusta tu prosa.

te importa mi crítica? aquí la tienes. y es favorable:) sigue.

un abrazo con afecto

paloma dijo...

Qué hay. Como te decía en tu otro blog, estoy dando una vuelta por tus textos. Y, bueno, me tomo el atrevimiento de compartir contigo algunos míos. Pero que no se quede aquí, ¿no? Cuídate. Hasta pronto.

Because the night...

¿Bailas? Esta noche, en esta pista, en la calle, en el baño o en tu alcoba, voy a bailar. No me interesa tu edad. No quiero saber cuántos días han pasado desde tu último resfriado. ¿Tienes tiempo? Escucha. Sólo escucha el bom bom bom y déjame sentir la piel que llevas puesta debajo de esa falda corta. Cambia el paso. Disfruta la música. Te ves bien, tu cabello es muy oscuro, ¿qué llevas dibujado en el pecho? No, no conozco ese lugar, no sé de qué me hablas. Acércate un poco. Así es, de esto es de lo que estoy hablando. Quítate los zapatos. Muy bien. Anoche hubiera sido diferente, por supuesto, pero tuvimos que esperar. No ruegues, sólo baila. No llores, olvida. Muéstrame en dónde quedaron tus virginales quince, tus universitarios veintes. Déjame saber qué sucedió en esa fiesta, en la que decidiste que amar a cualquier hombre era como amar a ninguno, en la que amaste, en la que amarraste tus piernas a la cintura de nadie para serle fiel al siguiente en la fila. No eras tú, era la niña rubia del 3°A o la vecina o tu hermana mayor o la prima lejana. No te preocupes, no estás muerta. ¡Cómo voy a saber si estás viva! Apenas te conozco. Me da igual. Claro, podemos vernos más tarde, tengo tiempo, pero para qué. No creo que sea necesario. ¿Fumas? Necesito un cigarrillo. Flirtea, no me molesta. Tienes unas piernas cinco estrellas. Bésame. Sujétate. Sí, vas a llegar temprano a casa. Papá no tiene por qué enterarse. Silencio. Ésta puede ser nuestra canción. Guarda silencio. Mírala. Imagina su cuerpo, tu cuerpo. Ella también es tú. Bébete sus ojos. Ahógate. Estaremos bien. Ten paciencia. Para cuando te des cuenta, todo habrá pasado. Y querrás intentarlo de nuevo. ¿Te gusta que te diga bebé? Es una cursilería. Agáchate un poco, sólo un poco. Está bien que tengas miedo. ¿Estás mareada? Puedo verlo. Déjate caer, déjate ir, déjate venir, déjate, déjame abrazarte. Ahora sí, haz valer esos jeans de cien dólares. Eso es. Un poco más. Ten cuidado. Despacio. Sé buena. Relájate. ¿Quiénes somos? El mundo, 200°, no necesitas saber nada más. No creo que hablar sea lo más conveniente. Ok, escúchame: ♀ ♫ ♂. Esta noche, en esta pista, en la calle, sobre tu cuerpo, voy a bailar.
Sahid Jiménez Lechuga

Publicar un comentario