jueves, 22 de abril de 2010

Fue Pera.

Toda ella era enorme, menos la ridícula y pequeña falda tableada que la obligaban a usar como uniforme y que le daba un exagerado contraste a sus paquidérmicas piernas. Su cabello rubio natural, era naturalmente el resultado que da un tinte barato, se lo trenzaba por su espalda como reata de saltar hasta una cuarta antes de su cintura.
Sospecho que en el lunar enorme que tenía sobre sus labios crecían dos o tres pelos enormes, lo sospecho porque jamás los vi, ella siempre insistió entre sus discretísimas compañeras que se lo pintaba con un lápiz casi mágico traído desde la India y que lo usaba para verse más sexy. Sus pestañas, sus heroicas pestañas cargaban toneladas de rimel y se extendían hacía el infinito como enormes alas de mariposas enamoradas, por su puesto no eran bellas, pero contrastaban con su pálida mirada que en todo encontraba esperanza. Su boca tenía la capacidad de cargar todas las palabras gentiles del universo así como el tiro certero de una grosería para tranquilizar por lo menos dos horas al patrón que siempre exigía mas diligencia en su trabajo con un tono de voz sumamente perverso y libidinoso.

Ella salvó a varias personas de la, mmm, de ésa enfermedad que les da a las personas que comen mucha azúcar y a las que generalmente las entierran, primero un pie, después el otro, que una pierna, que la otra, que va a perder la vista y, por favor póngase a dieta para mejorar su calidad de vida, o lo que queda de ella y no falle con la insulina que es lo único que lo mantiene vivo, por Dios que terquedad, o me hace caso o terminará por morirse completamente.

Su técnica salvadora era sencilla, cuando veía que llegaba algún cliente al que ya conocía como cafetero consuetudinario y que ella sabía que tomaría más de cuatro tazas con sus respectivas dos cucharadas de azúcar, se acercaba a él y muy quedito les decía; hagamos una cosa -y ponía en la mesa un frasco grande-, por cada cucharada de azúcar que le pongas
-jamás trataba a nadie de Usted- a cada taza de café, pones la misma cantidad en éste frasco. Entonces se retiraba, iba y venía atendiendo sus mesas, espantando a los fantasmas de la soledad a carcajada suelta, el cliente bebía café y endulzaba el frasco hasta que llegaba el momento del escándalo al ver que en menos de una hora ya había adentro de su cuerpo la misma cantidad de azúcar que en el frasco ¿un cuarto de kilo? Increíble, imposible y, lo siento caballero pero en realidad lo que haces es entupidamente posible, te lo acabo de comprobar, has consumido una cantidad mortal de endulzante sin pesticidas ni argucias transgénicas, es simplemente caña refinada, y mata, ahora no lo sientes, pero la triste realidad te llegará con el tiempo, cuídate, no sea infantil.

El día que se acerco a mí para darme la dulce lección, desde otra mesa una señora muy distinguida, en apariencia, le reclamaba que su taza estaba manchada de pintura labial que no era de ella, Pera siguió explicándome el daño que el dulce le hacia a mi salud, la señora gritó que le cambiaran la taza, el patrón observaba desde la cocina, yo escuchaba atentamente a Pera y a la señora y, señora, si tanto te molesta la pintura de labios de otra persona toma tu café del otro lado de la taza, y la señora dio, sin chistar, vuelta a la taza y bebió, lo ves, todo se resuelve hablando, no exigiendo morbosamente como tú -disparó sin piedad en dirección a la cocina-, soltó una carcajada, la soledad se espantó y continuo con mi lección.

Cómo no recordar con cariño a Pera, que siendo madre amorosa de una encantadora nena de cinco años producto de las más bajas pasiones de un violador, a sus cuarenta y dos años vivía ilusionada con una fastuosa boda que garantizara el futuro de la nena, soñaba y rezaba con un vestido de enorme cola primorosamente blanco, con cientos de invitados, fuente de vino blanco en cada mesa, un ramo de novia tan rojo como rojo pueda ser el amor de verdad y claro, un hombre que la amara a ella y a su hija tanto como a su propia vida y, su atención por favor -dijo un día el capitán de meseros- Pera nos abandona, deja de trabajar con nosotros, les pido de favor que al pasar a pagar su cuenta dejen su nombre y dirección en el libro de invitados que está junto al teléfono, nos asegura el futuro marido que todos ustedes, sus únicos amigos, recibirán antes de dos días su invitación a vuelta de mensajería y, carajos no vayan a faltar, me ha dicho que los invita con infinito cariño, además de que las cosas están tan caras que sería injusto un gasto que no se disfrutará y, que boda, divina, un pastel enorme como las mismísima Pera, el grupo musical que hacía veinte años estuviera de moda, el maestro de ceremonias como padrino, guacamole con totopos en vez de caviar, ron nacional en vez de las fuentes de vino en cada mesa, crema de champiñones y pollo en salsa blanca, ¿pero, y el novio?, no sé de donde salio ni quien era, no pregunté, para qué hacerlo si aún ahora, once años después, creo sin duda que era el autentico príncipe de algún autentico cuento cumpliéndole a Esperanza, a Pera, el único sueño que le exigía todos los días con todo el corazón a la vida y al cielo desde que supo por cientos de exámenes médicos y la boca de cuatro prestigiados médicos, que sólo le quedaba, a lo mucho, dos años de vida.

Due® 22.4.10

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Bueno, no puedo comentarte tus poemas, como te digo en otra prosa, pero aparentemente aquí sí puedo ingresar...
Entrañable historia, de un ser entrañable por cierto. Hay tantas personas que a la vista de los demás pasan desapercibidas, pero en cuanto faltan, su ausencia se nota, se siente.
Muy triste el final para Pera...y su pequeña.

Extraordinaria prosa Francisco, me hubiese encantado poder comentarte "Apenas"...
Tu ternura envuelve y llega tan profundo, gracias por eso. Te dejo un besito, igual sé que no vas a leerlo

Flor

Francisco Lechuga Mejia Due® dijo...

Flor: checaré que pasa con "papeles en el cajon", no he cambiado la configuracion, aun asì te agradezco que pases por este blog que estaba medio olvidado....un abrazo fuerte

Anónimo dijo...

Es imposible olvidar tu blog Francisco, es una adicción, una sana y entrañable adicción.
Un besito

Flor

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